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Confesión · Tensión

La apuesta

«Perdí la apuesta a propósito. Lo que no sabía es que ella lo había planeado desde el primer mensaje.»

Capítulo 1 — El mensaje que no debí contestar

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Eran las once y media de un martes cualquiera cuando el móvil vibró sobre la mesita. Un número que no tenía guardado. Tres palabras:

«¿Sigues despierto, cobarde?»

Sonreí antes de saber por qué. Solo una persona me llamaba cobarde con ese punto de cariño y desafío mezclados, y hacía tres años que no hablábamos. Marta. La misma Marta que se fue a Lisboa sin despedirse, la que me dejó una nota en la nevera y un hueco que tardé demasiado en tapar.

«Depende de quién pregunte», escribí. Borré. «Nunca me acuesto pronto», puse al final. Más seguro. Más tibio. Más cobarde, en realidad.

La respuesta llegó al segundo:

«Te propongo una cosa. Una apuesta. Como en los viejos tiempos.»

Debí apagar el teléfono. Debí dejarlo pasar. Pero hay personas que te conocen el mapa entero, y saben exactamente qué botón pulsar para que hagas justo lo que ellas quieren fingiendo que fue idea tuya.

«Te escucho», contesté. Y ese «te escucho» me costó, semanas después, mucho más de lo que jamás habría apostado.

Capítulo 2 — Las reglas

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Las reglas las puso ella, cómo no.

«Cena. Mañana. El sitio de siempre, si es que sigue abierto. Y una apuesta: el primero que confiese que sigue pensando en el otro, paga la cuenta y hace lo que el otro diga durante el resto de la noche.»

Leí la última parte tres veces. Lo que el otro diga. Marta nunca escribía nada por accidente. Cada palabra suya era una trampa con lazo bonito.

«¿Y si ninguno confiesa?», pregunté, haciéndome el duro.

«Entonces los dos habremos mentido, y mentir se te da fatal. Siempre se te ha dado fatal conmigo.»

Tenía razón. A la mañana siguiente elegí camisa tres veces. Me reí solo de mí mismo delante del espejo. Treinta y cuatro años y volvía a ser el crío de veinte que temblaba antes de verla.

El sitio seguía abierto. Ella ya estaba dentro, en la mesa del fondo, con un vestido que yo conocía y a la vez no, con el pelo distinto y la sonrisa igual. Se levantó. Me abrazó un segundo más de lo que abraza la gente que solo es amiga.

Pedimos vino. Hablamos de todo menos de lo único que importaba. Y a los postres, cuando yo creía que iba ganando la apuesta, ella dejó la copa, me miró fijo, se inclinó sobre la mesa, bajó la voz, y me dijo una frase que me desmontó la coartada entera.

🔒

Y entonces llegó la frase.

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